Tal como lo expongo en la introducción a este tema, en cada una de las variantes del nombre conferido al Hijo de Dios en los diferentes idiomas, Él ha hecho grandes y maravillosos milagros en el corazón y la vida de todos los que le han creído. Sin embargo, analicemos la siguiente reflexión: Por ejemplo, yo tengo un yerno que es norteamericano, y se llama Andrew (Endriw). Pero en español ese nombre se usa comúnmente como Andrés. Yo puedo crear un relato y decir: Cuando Andrés era niño, sus padres lo llevaron a un campismo y Andrés se separó de ellos inadvertidamente, y ellos y sus demás familiares y amigos que los acompañaban, preocupados por su ausencia lo llamaban… ¿Cómo puedo decir que lo llamaban, Andrés, Andrés, como lo llamo yo supuestamente? Claro que no, ellos debían llamarlo: Endriw, Endriw, por ser su nombre propio en su propio idioma, no en el mío, porque ellos y todos los familiares, amigos y conocidos de Endriw, hablan inglés, no español como usted y yo. Quero decir, que yo no tengo ningún derecho de decir que ellos lo llamaban Andrés porque sería una falsa afirmación.
Ese es el caso de las narraciones bíblicas traducidas al español, donde el traductor no se conforma con llamarlo Jesús, sino, que pone ese nombre en boca de los profetas, los ángeles, sus discípulos y otros como el ciego Bartimeo que dice el traductor que lo llamó repetidas veces: Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí. De igual manera dice que Pedro le dijo al paralítico a la entrada del templo: En el nombre de Jesucristo, levántate y anda. Bien sabemos que ni Bartimeo ni Pedro ni el paralítico hablaban español, ni siquiera griego, porque todos ellos eran hebreos y ese era el idioma de su tiempo, el cual hablaban entre ellos. Ademas de ello, el idioma español no existía en ese tiempo, porque su formación tuvo lugar entre los siglos VI al X después de Cristo. Por lo tanto, el ciego nunca pudo haberlo llamado Jesús, cuya pronunciación tuvo lugar en el siglo XVII cuando el sonido actual de la “J” como letra inicial, se introdujo en nuestro idioma. Por lo cual, el ciego debió haberlo llamado Yeshúa, como se pronuncia en hebreo. De igual manera Pedro, debió haberle dicho al paralítico, parafraseando la frase: En el nombre de (Yeshúa Hamashía), levántate y anda. Cualquier otro nombre que se le atribuya a la expresión de los personajes mencionados, es una falsa declaración que sostenida por los siglos, tal como sabemos, para mi criterio se convierte en una mentira y en un descrédito aberrante e intolerable a la veracidad de las Sagradas Escrituras, que la inspiración divina no protege. Esa y solo esa, es mi protesta, referente al uso del nombre del Hijo de Dios.